Había comprado recién la mansión. Estaba algo empolvada, pero los cuadros de ojos fijos le daban un lindo toque Francés. Amaba Francia, su comida, su cultura y sus mujeres.
Dio un paseo por su nueva propiedad. Los viñedos estaban verdes y listos a cultivar, las torres se veían imponentes desde el exterior, la puerta majestuosa y le salon principall tenia un alto techo pintado por un artista ya olvidado, candelabros lujosos y empolvados, cientos de cuadros de príncipes y doncellas, pero lo que más resaltaba era un hermosa alfombra roja, gastada (como a él le gustaba). Detrás de ella, en la pared, había una enorme vitrina multicolor tipo catedral, en cuyos vidrios se reflejaba la luz del sol de manera tan extraña, que señalaba con la sombra un único punto en la alfombra.
-Un bello detalle de refinado gusto- se dijo dentro suyo.
Sin embargo, ya pasada la tarde, el punto de luz continuó avanzando hasta estar justo debajo del candelabro, y a donde curiosamente, los ojos de las pinturas miraban. Le pareció un echo insólito, interesante, arquitectónicamente deslumbrante, empero no quedo allí. La aseguradora de la mansión describía el aposento como un lugar lleno de secretos, y nuestro alienado italiano no quería, o mejor dicho no podía, contener su curiosidad.
Le invadió un terrible deseo, como si el mismísimo diable le poseyese. Tomó una espada de aquella armadura y corto la alfombra. Inmediatamente empezó a brotar sangre del suelo, pero no importo, ya nada importaba. Siguió perforando la alfombra, mientras la casa hacia sonidos de quejumbre. Su ropa, el suelo, su cara y sus manos estaban llenos de densa y roja sangre, apestosa sangre de muerto.
Sumergió su brazo hasta el cuello en el agujero que hizo con la espada y abrió un puerta secreta. Toda la sangre se succionó hacia el fondo del hoyo y decenas de moscas lo rodearon relamientes. Bajó arrastrándose en la oscuridad, por unas escaleras pequeñas y sucias. Podía escuchar el zumbido de las moscas mezclarse con su saliva , podía escuchar el lamento del infierno.
Sus pupilas se dilataron mientras caminaba apoyado de una húmeda pared. Juraría sentir la respiración de alguien, pero sólo encontró los barrotes de una vieja celda, los cuales le susurraban que ingresara. Tragó saliva y camino lentamente hasta el fondo de el cubículo donde no llegaba la luz. Apestaba a orines, basura y cadáver. Se topó con la pared del fondo y resbaló al sentir un animal escabullirse entre sus piernas, desde el piso vio como la reja lentamente se cerraba .
Entró en pánico. Dio dos pasos presurosos a la misma e intento abrirla, estaba cerrada. Asomó los ojos hacia la salida de la mazmorra y entre los rasgados barrotes vio cómo una sombra apagaba la única fuente de luz del calabozo.
Dio un paseo por su nueva propiedad. Los viñedos estaban verdes y listos a cultivar, las torres se veían imponentes desde el exterior, la puerta majestuosa y le salon principall tenia un alto techo pintado por un artista ya olvidado, candelabros lujosos y empolvados, cientos de cuadros de príncipes y doncellas, pero lo que más resaltaba era un hermosa alfombra roja, gastada (como a él le gustaba). Detrás de ella, en la pared, había una enorme vitrina multicolor tipo catedral, en cuyos vidrios se reflejaba la luz del sol de manera tan extraña, que señalaba con la sombra un único punto en la alfombra.
-Un bello detalle de refinado gusto- se dijo dentro suyo.
Sin embargo, ya pasada la tarde, el punto de luz continuó avanzando hasta estar justo debajo del candelabro, y a donde curiosamente, los ojos de las pinturas miraban. Le pareció un echo insólito, interesante, arquitectónicamente deslumbrante, empero no quedo allí. La aseguradora de la mansión describía el aposento como un lugar lleno de secretos, y nuestro alienado italiano no quería, o mejor dicho no podía, contener su curiosidad.
Le invadió un terrible deseo, como si el mismísimo diable le poseyese. Tomó una espada de aquella armadura y corto la alfombra. Inmediatamente empezó a brotar sangre del suelo, pero no importo, ya nada importaba. Siguió perforando la alfombra, mientras la casa hacia sonidos de quejumbre. Su ropa, el suelo, su cara y sus manos estaban llenos de densa y roja sangre, apestosa sangre de muerto.
Sumergió su brazo hasta el cuello en el agujero que hizo con la espada y abrió un puerta secreta. Toda la sangre se succionó hacia el fondo del hoyo y decenas de moscas lo rodearon relamientes. Bajó arrastrándose en la oscuridad, por unas escaleras pequeñas y sucias. Podía escuchar el zumbido de las moscas mezclarse con su saliva , podía escuchar el lamento del infierno.
Sus pupilas se dilataron mientras caminaba apoyado de una húmeda pared. Juraría sentir la respiración de alguien, pero sólo encontró los barrotes de una vieja celda, los cuales le susurraban que ingresara. Tragó saliva y camino lentamente hasta el fondo de el cubículo donde no llegaba la luz. Apestaba a orines, basura y cadáver. Se topó con la pared del fondo y resbaló al sentir un animal escabullirse entre sus piernas, desde el piso vio como la reja lentamente se cerraba .
Entró en pánico. Dio dos pasos presurosos a la misma e intento abrirla, estaba cerrada. Asomó los ojos hacia la salida de la mazmorra y entre los rasgados barrotes vio cómo una sombra apagaba la única fuente de luz del calabozo.